Amaneciste frio frente al pilón del agua caliente, allí donde acabábamos después de las noches de fiesta, donde nos bañabamos desnudos bajo la luna de verano antes de poner rumbo a nuestras limpias y acojedoras camas. Estabas tirado al lado de tus muletas, tu única compañía. Te dejaron solo, moriste día a día ante la mirada de quienes te envenenaron y supongo que más de uno asistió a tu entierro. Cuando provocabas la alegría de un gorrión disputaban tu atención y te invitaban a beber. Eras un niño inteligente, chispeante, atrevido, blanco y sin un ápice de malicia. Se peleaban por pagarte. Te metias los vasos de vino de dos tragos y las tazas, en un suspiro. Hacías reir con tus expresiones ingeniosas y agudas. Te saludó Manuel Fraga y también Enrique Tierno Galbán. Participabas en casi todas las iniciativas sociales y culturales y eras el primero en saludar e intimar con los forasteros. No supiste qué es la sonrisa de un juguete. Tampoco qué es un hogar con padres equidistantes y solícitos. El veneno del alcohol ya venía facturado en tu sangre cuando abriste los ojos a la vida. Cometiste el error de crecer, y aquellos que pagaban las rondas empezaron a encontrarte pesado: derramabas el vino sobre sus ropas, insultabas y empezaste a derrumbarte. Muchos amaneceres te encontraron tirado en la acera y te deslizaste por el tobogán de la más absoluta miseria sin que nadie te tendiese una mano para evitar la fatalidad. Tus compañías ya eran otras: gentes vulgares a las que solo te unía la falta de techo. Tus ojos se fueron cerrando y apenas distinguías más que sombras. Ibas del hospital, del que te echaban en cuanto podían, al montón de cartones donde dormías. Podría decir que me sorprendió tu temprana muerte, Santi. Y mentiría.

Diario de Pontevedra (31-10-2003)

 
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