Una mujer se levanta una mañana con un presentimiento revoloteando en su cabeza: algo muy grave va a suceder en este pueblo. Su hijo, un mozalbete de 17 años, se ríe cuando se lo cuenta y se va a jugar al billar. Su rival falla una carambola fácil. Su contrincante cuenta en casa que el origen del error había sido la preocupación provocada por la profecía que había comentado momentos antes de que golpease la bola. Su madre lo advierte de que no se ría de los vaticinios de los viejos. Una pariente la oye, y cuando compra carne pide dos libras en lugar de una, como es habitual, y explica el motivo: algo muy grave va a suceder. El carnicero hace correr la voz, el vecindario hace acopio de carne y se le agotan las existencias. La gente sale a la plaza e interpreta el calor y el vuelo de un pájaro como dos avisos de que algo funesto se aproxima. Uno sube sus enseres a una carreta y se larga, los otros le siguen. Algunos queman sus viviendas antes de largarse en estampida. Al final de la hilera marcha el carromato de la mujer que hizo el vaticinio: “Yo ya dije, que algo muy grave iba a pasar, y me dijeron que estaba loca”. Gabriel García Márquez contó esta historia el día 3 de mayo de 1970 en Caracas. Desconozco si estaba pensando en la bolsa, en los espasmos de los mercados y de las agencias que miden la salud de las economías. Entonces, el capitalismo avanzaba hacia el imperialismo, la segunda fase. Ahora está entrando en la tercera: el canibalismo. (El coronavirus parecía un cuento chino hace un año).

(Fotos: infobae.com y fundaciongabo.org)


 


 
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