Campos de fútbol: Se parecen a los campos de concentración, las masas se amontonan y vociferan. Hasta no unos tantos años estaban rodeados de vallas metálicas y rematadas con alambre de espino. Simbología nazi y racista. A Víctor Jara, como a cientos de chilenos, lo asesinaron en el de Santiago, y el Olímpico de Kabul fue utilizado para ejecuciones públicas (se podían contemplar, previo pago de la entrada). Juntas directivas: Financian a los grupos ultras, les ceden espacios para que guarden su armamento, les pagan viajes y entradas, son corresponsables de la violencia que ejercen. Grupos ultras: Son la quintacolumna de las directivas y la máxima expresión de la figura del hincha; son la avanzadilla de las aficiones y realizan las tareas sucias, como los grupos que utilizan los gobiernos para ejecutar acciones violentas que no son desveladas hasta que ya prescribieron los delitos y se convierten en simples episodios históricos. Futbolistas: Se abrazan a los ultras, se hacen fotos con ellos, asisten a sus actos y siguen repitiendo la cantinela esa de que les prestan un gran apoyo cuando se enfrentan a los rivales, como si no fuese suficiente con las montañas de dinero que cobran por hacer lo que les gusta. Los medios de comunicación: Humillados, les pasaremos por encima, los aplastaremos... Son algunas de las expresiones de una terminología macarra al uso. El sistema: Niega el futuro y potencia el fútbol como una válvula de escape, evitando que el descontento se canalice a través de organizaciones que reivindiquen un cambio de rumbo. El huevo de la serpiente se incuba en este nido, pero la responsabilidad es la contrapartida de la libertad. 
(Fotos: lainformacion.com y somosdebronce.es)

 
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