Las palabras pueden envenenar. La manipulación de los pensamientos comienza por la del vocabulario que se usa para transmitir las ideas. "Pueden actuar como dosis ínfimas de arsénico: uno las traga sin darse cuenta, parecen no surtir efecto alguno, y al cabo del tiempo se produce el efecto tóxico". Esta frase es del filólogo judío Víctor Klemperer, que estudió minuciosamente la utilización de la lengua por Aldof Hitler y sus secuaces para adormecer las conciencias como paso previo a la acción bélica. Los aventajados alumnos del Fhurer llaman rescate al chantaje. Primero hunden las economías de los países más débiles, y cuando andan a la deriva les lanzan un flotador para que no se hundan, que le van a cobrar a precio de extraperlo. Irlanda, Grecia y Portugal. En realidad, lo que salvan son los intereses de los grandes bancos europeos, que temían por el futuro de sus fructíferas inversiones, a costa de asfixiar a millones de ciudadanos. De esta tarea sucia se encargan los gobiernos, aplicando planes de ajuste salvajes. Son mercenarios, cómplices y marionetas de quienes les dejan un pedacito de la tarta, y traicionan el contrato establecido con sus votantes en las elecciones. Antes Hitler y ahora los mercados. Son pozos sin fondo, fieras insaciables. Ceder conduce al precipicio. Islandia puso el contrapunto en la urnas, negándose por dos veces a entregar 4.000 millones de euros a un banco con tentáculos en Holanda y el Reino Unido. "La peor de las opciones", sentenció el primer ministro de un gobierno que se autodefine de centroizquierda y no tiene la dignidad necesaria para presentar la dimisión. Falso: la mejor.

 
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